La brújula
«Colocó la brújula en su mesa de póker y confirmó que estaba perfectamente alineada con el norte. Listo, dijo, una cosa menos de que preocuparse.»
Big Tulio desenfundó su vieja y querida brújula, reliquia del ejército que había adquirido en una subasta de rezagos militares. Metálica, con espejo, mirilla y burbuja de aire. Un coleccionable, si te gusta coleccionar estas cosas.
Estaba en esos días donde necesitaba confirmar que todo estuviera en orden, que todo seguía igual, que los polos no se hubieran desmagnetizado ni que el eje terrestre se hubiese corrido ni un grado. Colocó la brújula en su mesa de póker y confirmó que estaba perfectamente alineada con el norte. Listo, dijo, una cosa menos de qué preocuparse.
El blues en la menor y re menor sin tercera que pidió que interpretaran los músicos en su prueba de sonido ya adelantaba el humor del final del día. Las melodías sin tercera nota no definen tonalidad. Son erráticas y pueden ser alegres o tristes de acuerdo a la elección del músico en su interpretación. Al que escucha le genera tensión y múltiples sentimientos, sin la calma de saber a dónde va a desembocar.
Big Tulio había recibido una noticia, de esas que te hacen sentar en el taburete de tu lugar preferido en el mundo, sacar tu objeto fetiche y mirarlo para confirmar que todo está bien, escuchar un blues triste y crudo y tomar un Macallan que te sostiene por dentro como el calor del bar lo hacía por la espalda.
Y ahí recaló, en el patio de su colegio primario. Donde todavía no era Big, donde no lo elegían de entrada en el pan y queso del partido de los recreos. Cayó derecho a una baldosa bordó gastada, al lado de la blanca sucia, que unidas en diagonal formaban el tablero de batalla perfecto para disfrutar solo dos veces al día durante media hora en total. Una pelota de goma, palitos, apenas solo cinco piedritas, bolitas de vidrio, las figuritas… y una lágrima aguó el whisky.
Big Tulio se sintió muy pequeño, sintió nostalgia y sintió unas ganas irrefrenables de hacer cálculos.
¿Cuánto duró esa felicidad del recreo? ¿Cuánto es media hora al día durante cinco días a la semana, por los meses que llevaba el guardapolvo blanco limpio y planchado por su mamá, así por siete años?
Tomó una calculadora, de las viejas, de teclas grandes. Apretó nerviosamente las teclas con su mano izquierda, la del reloj importante, la de la escritura —porque Big Tulio era zurdo y eso ya lo definía en un montón de cosas—, y con la derecha mareaba el whisky, para que abriera su espíritu. Y borró y volvió a teclear, hasta que encontró un número.
Veintisiete días completos. Tan solo menos de un mes fue la felicidad que vivió en los recreos de la primaria, en el patio del colegio. Parecía tan poco para tanto recuerdo. Intentó buscar más, y encontró que si lo miraba en recreos ya la cosa cambiaba, porque había disfrutado de 2.576 recreos, y ahí sí que cambió figuritas, jugó a la tapadita con las redondas, y participó del pelota pared, al lado del quiosco.
Imaginó un cálculo loco donde empujó un poquito los números, pero corroboró que si él y sus más de cuarenta compañeritos sumaban todos los pasos que podrían dar corriendo en un recreo, le hubiesen podido dar la vuelta al mundo casi cuatro veces. Aunque no alcanzaba para llegar a la luna, claro.
Volvió a mirar la brújula, militar, siempre apuntando al norte, y sus dedos temblaron un poco. Sorbió un poco del whisky escocés y se animó a otra suma. Contó sus propios pasos, nunca recordó un recreo con lluvia, eso ayudaba. Se vio mirando el mapa de su amado país colgado al lado del pizarrón negro, abajo y a la derecha, bien al sur, a ese archipiélago que aún sangraba. Y la cuenta en la calculadora sumaba lo que siempre soñó: Big Tulio había acumulado los metros necesarios para circunvalar las Islas Malvinas. Las caminó enteras, sin moverse del patio. Hasta le sobraron cien kilómetros, como si el recreo hubiese durado un poco más de lo necesario, solo para asegurarse.
Big Tulio lloró un poco, con respeto, con emoción contenida.
La noticia le había llegado como el timbre del recreo: sabés que va a llegar en cualquier momento, pero aun así, te sorprende.
Y ahí recordaba que siempre estaba su compañero de rulos cortos, con la pelota, sentado en el primer pupitre al lado de la puerta, preparado para salir corriendo y llegar primero al arco de la galería, y así clavar la bandera y reclamar la soberanía para su curso en detrimento de los de al lado. Ese compañero, como el reloj de agujas detenidas que parece no funcionar, pero que en dos momentos del día cobra vida y armoniza con el universo. Brilla, explota su mejor versión, y por un minuto es todo lo que está bien.
La noticia del fallecimiento de su compañero, de una enfermedad triste y dolorosa —aforismo absurdo para no nombrar a una enfermedad de mierda, triste y dolorosa— lo había sumergido a Big Tulio en el pensamiento que expresó en voz baja después de ver su vaso vacío.
—Se fue el primero de nosotros.
Y Big Tulio por vez primera dejó de sentirse inmortal.
Fin