La madriguera
«Dentro de su madriguera, Big Tulio, el oso alfa, disfrutaba de ese momento de quietud y silencio donde todavía podía degustar su pipa bulldog.»
La “W” de cartel anaranjado era lo único que se veía en medio de la bruma blanca, en medio de la ruta gris, en medio de la noche azul.
Aparte de eso, la luz amarilla que se filtraba por el ojo de buey de la puerta metálica y algunas luces de posición traseras de los autos estacionados que esperaban el horario de apertura del bar.
Dentro de su madriguera, Big Tulio, el oso alfa, disfrutaba de ese momento de quietud y silencio donde todavía podía degustar su pipa bulldog rellena de su propia mezcla de tabaco, con gusto y aroma equilibrado, sin estridencias.
Con sus manos que podrían contener el mundo, ocultaba delicados sahumerios en lugares estratégicos del salón, para intensificar los olores a tabaco, cuero y madera del ambiente. Parecía un enorme niño escondiendo huevos en pascuas.
Pasaba por su mesa de póker y la tocaba, fría, sin el calor del juego.
Era el momento en que aún el barman limpiaba las copas de la noche anterior. Su momento para tomar un trago de su whisky mimado; Laphroaig. Sin hielo. Con la nariz metida en el vaso. Casi sumergido en el líquido ámbar, sorbiendo su espíritu, conversando con algún antepasado de la isla. Con gaita al hombro y una pollera como pantalón.
Estaba apoyado en el paño verde, saboreando y soñando aún, cuando se estremeció de golpe.
El sonido le resultó totalmente familiar, aunque distinto. Sabía que el escenario estaba a sus espaldas, pero la música le pegaba de lleno en el pecho. No era hora de que los músicos probaran sonido, pero la trompeta sonaba, y sonaba especialmente bien. Quiso escuchar un poco más antes de voltearse, quizás fuera solo un sueño de la bebida.
Al quinto compás no pudo contenerse y sus ojos blanco glaciar volvieron a brillar bajo el ala de su sombrero. Se acercó para ver lo que sus oídos no podían creer. Depositó toda su humanidad en el sillón de cuero color habano reservado para él.
Iluminada con un reflector desde el piso y por atrás, con remera blanca de manga corta, creyó ver a una figura de color, con sombrero pork pie. Tal vez lo estaba viendo de veras.
El momento decisivo de la fotografía podía resumirse en esa imagen: la del trompetista solo en el escenario, improvisando el sentimiento más puro del jazz de Nueva Orleans, pero tan lejos de ahí. Solo, sin necesidad de nadie al lado. Yendo y viniendo alrededor de la primera, cuarta y quinta nota de no sé cuál mágica escala. Floreándose con innumerables pasos cromáticos, y hasta logrando lo más difícil: que los silencios sean un sonido más.
Big Tulio, por momentos seguía el ritmo con la mano de su reloj de caja metálica y fina malla de cuero marrón, por otros creaba una banda imaginaria que acompañaba el momentum que estaba presenciando.
Los empleados y guardias no se animaron a abrir la puerta, por miedo a interrumpir ese momento donde Big Tulio, en una profunda epifanía, había entendido todo.
Esos dedos frágiles parecían impropios de lograr esa velocidad. Esa figura fina, incapaz de generar ese caudal de aire para sostener esas notas agudas tanto tiempo. Este joven chico nunca pudo haber estudiado tanto como para lograr lo que pocas personas logran en este mundo.
El vaso de scotch estaba a punto de quebrarse por la presión que Big Tulio le ejercía. Una lágrima brillaba igual que el diente de oro en la sonrisa previa al llanto.
El tiempo se detuvo en la última nota. El gesto y la expresión completaron la escena. Tulio quería más. El chico se dio cuenta de que se había excedido.
Abrió los ojos. Volvió desde donde había estado. Lejos, muy lejos y libre.
Dejó la trompeta donde la había encontrado. Pasó por al lado de Big Tulio sin siquiera darse cuenta, avergonzado por el exabrupto de tocar sin pedir permiso.
Big Tulio lo tomó por el brazo. Tan fuerte como había sostenido su vaso de Laphroaig.
—Flaco, ¿quién sos? ¿De qué planeta saliste? —le preguntó con su voz más cavernosa.
—Discúlpeme señor, no fue mi intención —respondió el chico, que no era negro, ni de Orleans, ni portaba un sombrero jazz style.
—Discúlpeme señor, soy solo el repartidor de gaseosas. Me excedí. No debería haber tocado el instrumento. Si no le molesta debo seguir trabajando…
Intentó seguir su camino. Big Tulio se paró sin soltarle el brazo, se acomodó, tomó el aire necesario como para clavar un do de pecho, lo miró con la misma intensidad que su bebida, y lo ultimó.
—Flaco, quédate tranquilo. Vos no vas a tener que trabajar nunca más en tu vida.
Fin