Las tres figuritas
«Sintió que le estaba entregando sus tres figuritas más preciadas a ese compañero de la primaria que se parecía tanto a este muchacho.»
Su pipa bulldog de brezo oscuro y boquilla nacarada en negro agonizaba. El último hilo de humo saborizado le habló al oído y Big Tulio nada pudo hacer por revivirla.
Era el último viernes de la última semana del mes y la recaudación ya estaba separada cuando alguien llamó a la puerta.
Big Tulio levantó su enorme estructura ósea para darse cuenta que las rodillas se quejaban, que la columna opinaba lo mismo, y las caderas callaban, pero otorgaban. No era fácil sostener todo lo que Big Tulio era.
Abrió la puerta y un golpe de frío se estrelló contra su cara. El calor del bar lo sostenía por detrás.
Un joven rubio, pecoso, algo gordo, pero no tanto como para decirle gordo, con el camión de caudales en sus espaldas, esperaba recibir algo de él.
En el momento que estiró el brazo para entregar en mano el sobre de papel madera con diez fajos de cien billetes con la cara del prócer para arriba, en ese preciso momento, Big Tulio sintió que le estaba entregando sus tres figuritas más preciadas a ese compañero de la primaria que se parecía tanto a este muchacho.
Ese pobre niño echado de colegios de Blaizer, que recaló con guardapolvo blanco, en el aula donde iba a ser el más rico. Ese chico de apellido importante que tenía siempre el último juguete, pero que no tenía con quién jugar. Ese chico, que tenía todo lo material, y carecía de todo lo que el dinero no puede comprar.
Big Tulio aún con el sobre que no quería soltar, se sintió de pronto sentado en un pupitre escolar, mirando a su maestro señalar con una antena de radio de auto, el objeto directo y predicado de una oración improvisada con su mágica tiza húmeda. Miró a su alrededor, y encontró nuevamente a todos los compañeros que tan feliz lo habían hecho, allá y hace tiempo.
Big Tulio sonrió con mirada gélida y recordó que tenía un compañero Flaco y otro Gordo, varios Rubios y un Negro, aunque no de color negro. Hasta un colorado había, que con el tiempo tendría una nariz experta en fragancias. Un compañero con nombre de mes y otro que habiendo venido de Santiago del Estero con su familia a lucharla en la Capital, tenía departamento con doble circulación y piano. Solo dos de todos sus compañeros habían viajado a conocer la tierra de Mickey Mouse, el resto buscaba almejas por la costa Atlántica o corría lauchas en las sierras cordobesas.
Este pecoso hijo de un millonario transportador de caudales podría tenerlo todo, hasta chofer. Pero desconocía el placer de volver en bici con sus amigos, o en bondi, conversando sobre autitos, guerras y fútbol.
Podría comprar el quiosco entero con todos los sándwiches y alfajores dentro, sin embargo, los comería solo, mientras Big Tulio fantaseaba con sus amigos cómo armar un cohete para llegar a la luna, una máquina del tiempo para volver al pasado, o la posibilidad de mezclar ciertos minerales con otros líquidos y crear alquimias mágicas.
El chico tironeó del paquete de papel madera. Big Tulio parado en el dintel de la puerta, absorto por el recuerdo, no quería entregarle las tres figuritas. Esas tres, que el compañerito le juró que le faltaban para llenar el álbum, cuando la verdad era que ya lo había comprado completo, directo de la editorial antes de que saliera a la venta. Se las había vendido a un vecino y con esa plata compró un primer beso de una amiguita del club de yates.
Big Tulio en su trance, escuchó la música melosa y triste que sonaba a la salida del colegio. Recordó quiénes se iban en colectivo, quiénes caminando y cuántos en bicicleta como él. Recordó también que de los 9 Diegos, 3 eran Diego Martín. Detalles memorables sin importancia. Pero que marcaron su vida. Siempre se preguntó por qué ese instante efímero de 7 años tenía que terminar. Siempre sintió que la vida no había sido justa con él por meter esa encrucijada al final de la primaria, si la recta por la que venía, venía tan bien.
Por qué no se habría podido vivir así siempre, en esa feliz inocencia por toda la vida, compartiendo juego con el hijo del mecánico del barrio y con el del gerente de una importante automotriz. Esperando leer los libros que un compañero escribía y encuadernaba a mano. Escuchando anonadado las historias que contaba el tío de otro. O con las tertulias de la tarde, con chocolatada y pastafrola horneada por alguna madre que todavía era ama de casa, conversando en mesa redonda sobre la hipótesis de cuándo el hombre llegaría a la luna, si habría una Odisea en el espacio en el siglo que viene, cómo había hecho Aníbal para cruzar los Alpes con elefantes, o si la Atlántida era un mito griego.
¿Qué habría sido de la vida de su compañero que había venido de Bolivia, o del otro que no sabía leer las notas pero zafaba las clases de música tocando de oído?
Cómo olvidar el mejor festejo de cumpleaños del año, el que se hacía en un club importante con dos que cumplían el mismo día, que se volvían en el mismo colectivo y se bajaban en la misma parada. Los únicos dos dobles apellidos compartían el antagonismo de estar en los dos extremos de la lista y de la fila.
Sin largar las figuritas admitió con pena que no viajó tanto como se había prometido cuando leía a Julio Verne, y que su vida había sido bastante más aburrida que los personajes de Emilio Salgari.
Big Tulio, que miraba bien desde arriba a ese chico que solo estaba haciendo su trabajo, sin entregar su tesoro, de pronto se encontró cantando en el coro junto a sus compas, mirando las piernas de la profesora que tanto le gustaba. Ya desde chico apuntaba a bajo.
Ese rubio regordete, pecoso, falto de gracia y mentiroso, fue el responsable además de que hubiese tenido que caminar veinte cuadras con la bicicleta desinflada. Una falta de respeto a su nave espacial con la que el capitán Tulio volaba por el espacio.
En apenas cinco segundos de esa parálisis física y estruendo de recuerdos, Big Tulio se vio en el quiosco de diarios de la esquina, donde miró por primera vez revistas de fotos de mujeres desnudas. Donde el quiosquero se hacía el distraído mientras los chicos miraban lo que no iban a comprar. Porque había que ser muy hombre para llevarlas a la casa, y ellos eran muy niños. Entre página y página descubría que las mujeres podían tener pelos en lugares que él aún no tenía. Que tenían curvas mucho más pronunciadas y atractivas que las de las hermanas de sus amigos. Que no todas las partes del cuerpo eran color rosa. Que por momentos podía olvidar los autitos con masa y cuchara, los soldaditos, y sí fantasear con explorar esos lugares ocultos y oscuros, cuando fuera más grande.
A los diez segundos de estar parado, inmóvil, no queriendo perder una vez más las tres figuritas, Big Tulio parpadeó por primera vez. Sus ojos dejaron de estar clavados en los del rubio recaudador y se desviaron hacia abajo y a la derecha. Recordó ese mapa gigante de su amado país, colgado al lado del pizarrón negro. Los territorios nacionales, los archipiélagos del pasaje de Drake y sobre todo esas dos islas donde podría haber estado el faro del fin del mundo. Ese pedazo de tierra que dolía, que sangraba, que sudaba frío y emocionaba hasta las lágrimas.
Big Tulio lo miró por última vez. Rubio, pecoso, algo gordo pero no tanto. Haciendo su trabajo. Sin culpa ninguna.
Adentro suyo, en ese enorme corazón donde guardaba las cosas que no se dicen, le dedicó lo que hubiera querido decirle a aquel compañero de primaria:
—Metete las tres figuritas en el culo —gruñó.
Soltó el sobre. Se dio media vuelta, entró en el salón, se refugió en su whisky preferido, sin hielo, y para adentro se dijo:
—La vida es simple. Pero el sentimiento la vuelve infinitamente complicada.
Fin